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El primero fue el niño. Tenía siete años y estaba sentado sobre una túnica de color gris. Tenía el cabello corto, un tocado de plumas blancas en la cabeza y un adorno de Spondylus, piel de llama y pelo humano en el torax. Miraba al sol naciente. Después encontraron a la doncella. Llevaba una trenza de plumas en el cabello y su cara aún conservaba restos de la pintura roja que habían usado en la ceremonia. Tenía hojas de coca en la boca y un vestido marrón claro y bordes rojos. Sobre los hombros llevaba un manto gris y un prendedor gris sobre el pecho.

La última fue la niña del rayo. Apenas tenía seis años de edad y la encontraron sentada, con las piernas flexionadas. Miraba al suroeste. Su cráneo, como el del niño había sido modificado intencionalmente para adquirir una forma cónica, algo que las casas nobles incas asociaban a la belleza y a la jerarquía. Tenía el cabello lacio adornado con dos finas trenzas y rematado con una placa de metal. Quizás fue eso lo que guio al rayo hacia ella y dañó parte de su cuerpo y su ropa.


Cuando los investigadores los encontraron a 6715 metros sobre el nivel del mar, por un momento, pensaron que estaban dormidos. Pero no lo estaban. Muchos años antes, en un verano entre 1480 y 1532, los tres niños fueron llevados hasta allí, la cima del gran volcán Llulaillaco y fueron sometidos a la ‘qhapaq hucha‘, una ceremonia ritual de máxima importancia en el imperio inca que culminaba, tras años de preparación y consumo de drogas, en un sacrificio humano en el techo del mundo.

Los niños del volcán

Llullaillaco 1

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Post Author: Gonzalo